No podía apartar la vista de aquel árbol. Su entorno se fundía en gris, como un telón de fondo que hacía despertar aún más el verde vida de sus hojas, el castaño rojizo de su madera, sus vetas pronunciadas con un casi imperceptible brillo dorado, que sin embargo, estaba presente para mis ojos.
Era hipnotizante su visión. El tiempo se suspendía entre sus ramas y las palabras jugaban arremolinándose entorno a sus hojas. Podía imaginar incluso las voces que podrían estar ocultas entre su follaje confidente y translúcido.

Sin embargo, lo que me atraía de forma irracional era su emplazamiento. Aquel árbol estaba en el centro del salón de la casa de enfrente. Podía verse a través de la ventana, que recortaba como si de un cuadro se tratase la fotografía impresionista de aquel, mi punto de referencia.
Cada vez que paseaba cerca miraba hacia esa ventana y podía asirme a su incondicional presencia. Aunque fuera todo cambiara, él se mantenía firme en su propósito de servir de faro a las almas vagabundas del exterior. “Estará asfixiado”, pensé, un ser vivo no puede permanecer impasible toda su vida encerrado entre cuatro paredes. Necesita respirar, necesita despojar a su mirada de la cárcel de hormigón en la que está prisionero. Entonces, pensé que tal vez yo sería su referencia del mundo exterior y me sentí responsable de la felicidad de aquel árbol. Me propuse que cada día le enseñaría algo diferente, fotografías de los pájaros que descansarían en él, del sol que doraría sus verdes hojas, de la hierba que debería de tener a sus pies, de los niños jugando bajo sus ramas…
La idea me excitaba y me incitaba a vivir la vida que llevaba dentro. Pobre árbol, me decía, prisionero de una triste realidad de la que no conoce más allá. Entonces, le miré con una sonrisa en los ojos dispuesto a darle vida…pero entonces, en ese preciso momento, la mía se desplomó y resquebrajó en mil pedazos cuando mis ojos, al volverse, se tropezaron con una mesa, un sofá, una librería, una alfombra, un jarrón inglés, unas flores secas…
Era hipnotizante su visión. El tiempo se suspendía entre sus ramas y las palabras jugaban arremolinándose entorno a sus hojas. Podía imaginar incluso las voces que podrían estar ocultas entre su follaje confidente y translúcido.

Sin embargo, lo que me atraía de forma irracional era su emplazamiento. Aquel árbol estaba en el centro del salón de la casa de enfrente. Podía verse a través de la ventana, que recortaba como si de un cuadro se tratase la fotografía impresionista de aquel, mi punto de referencia.
Cada vez que paseaba cerca miraba hacia esa ventana y podía asirme a su incondicional presencia. Aunque fuera todo cambiara, él se mantenía firme en su propósito de servir de faro a las almas vagabundas del exterior. “Estará asfixiado”, pensé, un ser vivo no puede permanecer impasible toda su vida encerrado entre cuatro paredes. Necesita respirar, necesita despojar a su mirada de la cárcel de hormigón en la que está prisionero. Entonces, pensé que tal vez yo sería su referencia del mundo exterior y me sentí responsable de la felicidad de aquel árbol. Me propuse que cada día le enseñaría algo diferente, fotografías de los pájaros que descansarían en él, del sol que doraría sus verdes hojas, de la hierba que debería de tener a sus pies, de los niños jugando bajo sus ramas…
La idea me excitaba y me incitaba a vivir la vida que llevaba dentro. Pobre árbol, me decía, prisionero de una triste realidad de la que no conoce más allá. Entonces, le miré con una sonrisa en los ojos dispuesto a darle vida…pero entonces, en ese preciso momento, la mía se desplomó y resquebrajó en mil pedazos cuando mis ojos, al volverse, se tropezaron con una mesa, un sofá, una librería, una alfombra, un jarrón inglés, unas flores secas…
A veces, no vemos más allá... no vemos nuestra propia realidad.
Historia número 3 contada en la dársena 43... El día en el que la luna le dio un mordisco al sol.
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