Cuando era niña, y viajaba en coche, contaba las farolas que iluminaban la carretera. Me gustaba avanzar. Miraba por la ventanilla y buscaba la siguiente farola. Quería llegar lejos, hasta el final.

Una larga lengua de asfalto, fría, húmeda. Inerte bajo mis pies. Las farolas desvelaban el misterio y con él, los fantasmas.

Una larga lengua de asfalto, fría, húmeda. Inerte bajo mis pies. Las farolas desvelaban el misterio y con él, los fantasmas.
Miraba a las farolas y avanzaba, más y más, olvidando la rudeza de la carretera.
El tiempo desaparecía y mis miedos con él cuando la luz me incitaba a abrir los ojos para comprobar que tan solo era asfalto. Tan solo.
A veces perdía el rumbo, entonces buscaba otra farola y seguía avanzando en ese punto del camino, como la carretera secundaria que te devuelve a tu destino.
Historia número 4 contada en la dársena 43… cuando abres los ojos. Y ves.
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