domingo, 27 de marzo de 2011

Pertenencias

En mi armario está su traje, el de las bodas, el que se puso cuando se casaron sus hijos mayores, el gris de rayitas. Estaba tan guapo... También en mi armario está su gorra y su bufanda, conservan su olor. Su bolígrafo sobre mi estantería, junto con alguno de mis libros. Su bastón en el paragüero, en la entrada como dándote la bienvenida cada vez que... De ella, su reloj, en la balda de arriba, donde permanece el bolígrafo. Parado, justo, en la hora de su marcha. Sus anillos... en mis manos, no encuentro mejor lugar. No se han ido, están aquí, sus cosas están aquí y ellos siguen en mí. No me gusta guardar sus cosas en un cajón o en una caja que se esconda del alcance de mi vista. Cada día, quiero verlos, ahí. No necesito objetos para tenerlos presentes, pero tampoco necesito esconderlos. Deben vivir, deben seguir viviendo. Al abrir el armario está él, al ponerme los anillos ella, al entrar a casa... Porque la vida, la existencia, de una persona va ineludiblemente unida a la de otras. Y esa unión, pase lo que pase, permanece inquebrantable. Siempre. Historia número 7contada en la dársena 43... un día cualquiera.

domingo, 6 de febrero de 2011

Mi isla


Fueron mis ojos los que los descubrieron, poco a poco, sobre el manto oscuro y espeso que nos une a todos. Pequeños puntos de luz que si bien han estado siempre ahí no es hasta que decides querer verlos, cuando se te aparecen.

Como si al pasear tu mirada por el cielo fueran iluminándose pequeños farolillos que te muestran que no todo es tan simple, que no todo es tan oscuro y opaco, que tras la oscuridad siempre hay luz. Tan solo tienes que pararte un segundo.


Me gusta mirar al cielo e ir descubriendo islas. Seguir la línea imaginaria que las une y caer en un trazado que no tiene fin... Me gusta mirar al cielo y darme cuenta de que yo misma puedo ser uno de esos puntos que vistos desde arriba pueden o no brillar, pero que ineludiblemente forma parte de ese trazado infinito.
Sentirme abrazada por su inmensidad y ver como todo puede cambiar dependiendo de la distancia en que lo mires. El cielo es mi isla, desde allí se ve todo más claro.

Historia número 6 contada en la dársena 43... la satisfacción de formar parte de todo.

miércoles, 12 de enero de 2011

Nostalgia

Decía Ana María Matute que "la vida es algo tan extraño que no se puede saber si empieza y acaba en un tiempo ya trazado, en ese destino pequeño que nosotros suponemos", decía también que existe una nostalgia por aquello que no se tuvo, se tiene, ni se tendrá, una nostalgia "que nos atrapa súbitamente en lo no poseído" donde existe el duende del tiempo que uno no tuvo, una "nostalgia fatal e irremediable en la que vemos limitadas nuestras posibilidades".

Y es que a veces, no llegamos a comprender esa pequeña desazón que se instala en nuestras entrañas, en lo más profundo de nuestro razonamiento y que supera la barrera de lo lógico. Una desazón que no encuentra sentido aquí y ahora, pero que la sientes tan real que no dudas de su insistencia. La sientes, luego existe.

Se trata de una nostalgia inconexa, contradictoria y sin sentido... "Nostalgia de cosas que sucedieron o sucederán en un tiempo imposible". Una nostalgia que nos une ineludiblemente a una realidad inexistente pero real, real porque la sientes. Como dice la Maestra "Acaso esa nostalgia a la que me refiero sea como una ventana, o el umbral, o un simple agujero por donde escapar a una dimensión más ahondada, nueva, diferente. A causa de una palabra, o de una postal, o de un lejano silbido, llegamos hasta esa puerta. Una puerta tan rara, tan difícil, como esta vida que no entendemos".

Historia número 5 contada en la dársena 43... mano a mano con la literatura hecha mujer.

lunes, 10 de enero de 2011

Carretera secundaria

1. 2. 3. 4…


Cuando era niña, y viajaba en coche, contaba las farolas que iluminaban la carretera. Me gustaba avanzar. Miraba por la ventanilla y buscaba la siguiente farola. Quería llegar lejos, hasta el final.

Una larga lengua de asfalto, fría, húmeda. Inerte bajo mis pies. Las farolas desvelaban el misterio y con él, los fantasmas.

Miraba a las farolas y avanzaba, más y más, olvidando la rudeza de la carretera.

El tiempo desaparecía y mis miedos con él cuando la luz me incitaba a abrir los ojos para comprobar que tan solo era asfalto. Tan solo.

A veces perdía el rumbo, entonces buscaba otra farola y seguía avanzando en ese punto del camino, como la carretera secundaria que te devuelve a tu destino.

Historia número 4 contada en la dársena 43… cuando abres los ojos. Y ves.

martes, 4 de enero de 2011

Aquel árbol

No podía apartar la vista de aquel árbol. Su entorno se fundía en gris, como un telón de fondo que hacía despertar aún más el verde vida de sus hojas, el castaño rojizo de su madera, sus vetas pronunciadas con un casi imperceptible brillo dorado, que sin embargo, estaba presente para mis ojos.

Era hipnotizante su visión. El tiempo se suspendía entre sus ramas y las palabras jugaban arremolinándose entorno a sus hojas. Podía imaginar incluso las voces que podrían estar ocultas entre su follaje confidente y translúcido.

Sin embargo, lo que me atraía de forma irracional era su emplazamiento. Aquel árbol estaba en el centro del salón de la casa de enfrente. Podía verse a través de la ventana, que recortaba como si de un cuadro se tratase la fotografía impresionista de aquel, mi punto de referencia.

Cada vez que paseaba cerca miraba hacia esa ventana y podía asirme a su incondicional presencia. Aunque fuera todo cambiara, él se mantenía firme en su propósito de servir de faro a las almas vagabundas del exterior. “Estará asfixiado”, pensé, un ser vivo no puede permanecer impasible toda su vida encerrado entre cuatro paredes. Necesita respirar, necesita despojar a su mirada de la cárcel de hormigón en la que está prisionero. Entonces, pensé que tal vez yo sería su referencia del mundo exterior y me sentí responsable de la felicidad de aquel árbol. Me propuse que cada día le enseñaría algo diferente, fotografías de los pájaros que descansarían en él, del sol que doraría sus verdes hojas, de la hierba que debería de tener a sus pies, de los niños jugando bajo sus ramas…

La idea me excitaba y me incitaba a vivir la vida que llevaba dentro. Pobre árbol, me decía, prisionero de una triste realidad de la que no conoce más allá. Entonces, le miré con una sonrisa en los ojos dispuesto a darle vida…pero entonces, en ese preciso momento, la mía se desplomó y resquebrajó en mil pedazos cuando mis ojos, al volverse, se tropezaron con una mesa, un sofá, una librería, una alfombra, un jarrón inglés, unas flores secas…

A veces, no vemos más allá... no vemos nuestra propia realidad.

Historia número 3 contada en la dársena 43... El día en el que la luna le dio un mordisco al sol.

domingo, 2 de enero de 2011

Aquella era la primera vez que me moría

Aquella era la primera vez que me moría. Tenía diez años y mi muerte me sorprendió de forma desalmada, luego me di cuenta, en las muertes sucesivas, que esa era su forma de actuar.


Terminas acostumbrándote a su dolor, pero la primera, la primera asfixia… Sin duda no es la más cruel, pero sí la más insoportable, por aquello de la ausencia de comparación. Es como si te lanzaras a una piscina helada. Romper el hielo, rasgarte la piel, sangrar, hundirte en el agua helada y descender, descender… Hasta perder el conocimiento.

Así me sentí cuando en la esquina del patio vi a Marcos besar en la boca a Elena.

Los besos en la boca, a esa edad, no se dan a cualquiera. Se dan al niño o a la niña que te gusta. Y para Marcos era evidente que era Elena quien le gustaba. Y para mí era evidente que la vida había dejado de tener sentido.

Pero como suele suceder en las primeras muertes, el sentido vuelve antes de lo que te esperas. El luto por mi fallecimiento me duró ocho días. El tiempo que faltaba para terminar el curso y comenzar el tan ansiado verano. En mi defensa tengo que decir que fueron los peores ocho días de mi sucinta vida.

Ahora, años más tarde recuerdo mi primera muerte con nostalgia.

Historia número 2 contada en la dársena 43... cuando la vida me espera tras la puerta.

sábado, 1 de enero de 2011

Rebeca


- No te preocupes, Rebeca, verás que de niñas vas a conocer- me dijo Vicenta mientras terminaba de abrocharme el abrigo azul marino de paño con la insignia de Nuestra Señora de Constanza hilvanada en la pechera.

Que las monjas eran buenas si no se las enfadaba, que iba a aprender mucho y que ya vería yo que bien iba a estar en el colegio donde la prima Claudia estudiaba francés. Pero yo no quería estudiar francés, ni ver a mi prima Claudia porque era una engreída y tampoco quería llevar ese abrigo con un agujero en el bolsillo izquierdo por donde se me escapaban los caramelos que Nicolás me daba a escondidas.

Yo quería seguir apoyándome en el quicio de la puerta mientras comía cerezas y escupir los huesos a las macetas.
Historia número 1 contada en la dársena 43... cuando la rebeldía grita por dentro.