domingo, 2 de enero de 2011

Aquella era la primera vez que me moría

Aquella era la primera vez que me moría. Tenía diez años y mi muerte me sorprendió de forma desalmada, luego me di cuenta, en las muertes sucesivas, que esa era su forma de actuar.


Terminas acostumbrándote a su dolor, pero la primera, la primera asfixia… Sin duda no es la más cruel, pero sí la más insoportable, por aquello de la ausencia de comparación. Es como si te lanzaras a una piscina helada. Romper el hielo, rasgarte la piel, sangrar, hundirte en el agua helada y descender, descender… Hasta perder el conocimiento.

Así me sentí cuando en la esquina del patio vi a Marcos besar en la boca a Elena.

Los besos en la boca, a esa edad, no se dan a cualquiera. Se dan al niño o a la niña que te gusta. Y para Marcos era evidente que era Elena quien le gustaba. Y para mí era evidente que la vida había dejado de tener sentido.

Pero como suele suceder en las primeras muertes, el sentido vuelve antes de lo que te esperas. El luto por mi fallecimiento me duró ocho días. El tiempo que faltaba para terminar el curso y comenzar el tan ansiado verano. En mi defensa tengo que decir que fueron los peores ocho días de mi sucinta vida.

Ahora, años más tarde recuerdo mi primera muerte con nostalgia.

Historia número 2 contada en la dársena 43... cuando la vida me espera tras la puerta.

No hay comentarios:

Publicar un comentario